
Hace no muchos años, la península estaba unida bajo un mismo nombre: Chosun. Eso fue mucho después de la época de los Tres Reinos. Siglos después de la era Shilla, en la que el Confucionismo entró como una savia rica y saludable que inundó todas las estructuras del reino. Tiempo después de que la escritura china fuera reemplazada por el alfabeto Hanngul y la unificación se produjera bajo el reino de Goryeo. Había dos clases sociales: los Yangban y los Cheomin. Los Yangban eran aristócratas, poetas y artistas, influenciados por los usos del Imperio del Centro, China. Los Cheomin eran artesanos y campesinos. La Última Dinastía, los Joseon, inauguró una época de paz y prosperidad que se prolongaría diez siglos. No había una casta de guerreros, por eso, tuvieron que luchar para defenderse de las feroces invasiones de los japoneses. Finalmente, Japón sometió a Corea en la primera década del siglo veinte. Mantuvo su yugo hasta que fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial y entonces, Corea se partió en dos mitades.
Sin embargo, las dos castas, los Yangban y los Cheomin se han extendido por el mundo. Los primeros tienen ahora el petróleo, los recursos naturales y los precios de las materias primas. Algunos privilegiados pueden todavía escribir y leer. Quieren comprender y ser felices. Los Cheomin trabajan duro y se rompen la espalda para llegar al fin de mes. Y cuesta.

Vino a verme una noche de verano. Ya habían pasado casi dos años. Las lágrimas se habían ido secando poco a poco y un justo olvido se había adueñado de mí, empujándome a la calle para conocer otras personas y volver a convivir con la esperanza.
Me dijo que no lo hiciera, que no me casara con aquel hombre. Me argumentó que mi vida sería una tragedia. Yo no lo creí.
Él no me creyó. Pensó que iba a retroceder, que iba a recapacitar, que iba a aferrarme a quedarme sola, disfrutando de mi soltería. Yo lo quería, lo quise con todo mi ser, pero él se fue y ninguno de los dos pudimos ni podíamos ya hacer nada.
Días más tarde me llamó por teléfono. Me acababa de meter en la cama. Al otro lado del auricular me preguntó si había recapacitado. Le dije que no y me volvió a insistir en que no lo hiciera, que no me casara con aquel hombre que terminaría arruinando mi vida.
No se lo comenté a nadie, por miedo a que no me creyesen y me tomaran por loca. Solamente se lo confesé a la santa patrona, sabiendo que ella nunca se lo diría a nadie. Al final, me volví a casar, ignorando aquella visita de mi pobre marido, dos años después de que muriese en aquella maldita curva. Sí, me volví a casar, ignorando la voz de la conciencia, la de aquella visita, la de aquella llamada, que me desvelaba lo que me esperaba.

Podía sentir como la brisa de verano, que entraba por el balcón desvencijado, rozaba su piel ahora sin la tersura y lozanía de su juventud.
En aquella cama centenaria sólo escuchaba su propia respiración, tantas veces acompasada por la de su compañero de fatigas, su amor de toda la vida. Cuantas veces se había dormido acurrucada en él, escuchándolo respirar, adivinando sus ojos en la oscuridad de la noche; cuantas veces se había regocijado apretándose contra su pecho y aspirando el olor de su piel.
El sol acababa de despuntar y sus pies cansados, torpes.. pero vivos, se encaminaban a la calle silenciosa; al portón que tantas veces había cerrado tras de si.
La suave brisa de verano movía el cereal vencido por el peso y las copas de los árboles acompasaban su son al unísono. El olor de la tierra que la vio nacer, le inundaba el corazón de recuerdos, recuerdos de ecos ahora mudos.
Las calles vacías.
Todos se habían ido.
Todos.
Sola, vagaba por calles de muros yertos, antes cómplices de historias. Resonancias de risas de verano, tertulias, letanías y lamentos. Ni siquiera el murmullo del agua de la vieja fuente se había parado a esperarla.
Sola, con el viento, se afanaba en no pensar que las trepaderas y malas hierbas eran las únicas que la querían acompañar.
Cerró tras de si el portón, se acurrucó en su lecho centenario y de nuevo la brisa de verano la acaricio como antaño, suavemente, rozando su mejilla y sintió que su cama no estaba vacía. Escuchó su respiración y la detuvo para comprobar que no era la suya.
Sonrió y cerró los ojos.



” No me interesa el dinero. Simplemente quiero ser maravillosa”
Marilyn Monroe
- Es buen chico, ¿no?
Vanessa lo pregunta con un deje de miedo. Plantones, mentiras, dolor y algún que otro golpe a la espalda.
- Joé, que va en serio, digo. Jefe de camareros en Burjasot. Buen chico, ¿no?
Sus amigas beben vodka limón apoyadas en la furgoneta roja. Viernes por la noche. Aparcamiento del Be Cool, la terraza de moda en la playa. Una esplanda. Duermen y rugen, a partes iguales, doscientos coches. Se ríen entre ellas. Saben que Vanessa perderá. Lleva el estigma de la perdedora en la frente. Lo han dicho antes.
- La Vanessa, si es que es un putón. Este le saldrá rana, como todos – salta La Silvia, cabellera ocre, síndrome del tordo, la cara delgada y el culo gordo, supurando veneno.
- Y ese gusto con los tíos, a cuál más feo y más tonto – remata La Nerea, divorciada y rubicunda – Se la tiran tós y si te he visto no me acuerdo. Ya te lo digo yo.
- Si es que no se pué ser tan guarra, coño, que eso los tíos lo notan enseguida – sentencia la Noemí, mojigata y envidiosa.
Vanessa llega al rato hablando de su nuevo chico. El maquillaje protector contra las mentiras del viernes por la noche. El rostro tenso, los jos rojos de humo y nervios. Suena el móvil. Puñetero móvil. Toda la tarde pendiente. Mirando la pantalla, esperando el politono de Camela. Luego la voz. Las palabras, vacilantes al principio, luego firmes. Las mismas de siempre. Diferntes pero iguales.
Distintas a las de la primera noche. Zalameras y sensuales. Los susurros y las caricias, todo para llevarla al asiento trasero del coche. Y la Vane tan gilipollas como siempre. La escaramuza rápida, la sumisión, el vacío. Cuelga el teléfono y mira a sus amigas, bebiendo vodka con limón en la parte de atrás de la furgoneta roja. Poniéndola a parir. Llamándola puta. Saca fuerzas. Se ajusta el tanga y la minifalda. Se recoge el pelo salvaje y rizado en una coleta. Ahí os quedáis.
Sola, camina hacia la playa. El mar es una bestia oscura, que la observa. Se sumerge lentamente. Primero el frío en los tobillos, luego a la altura de las tetas.
- Hijo de la gran puta.
Grita a la oscuridad y siente como la negrura la seduce para no regresarla nunca. Las olas la mojan el pelo y se resiste, con un gesto animal. Fiero. Nadie podrá con la Vane. La marea la devuelve a la playa a embestidas. Así es la lucha. Se cambia la minifalda y el tanga con el repuesto del bolso. Se pinta los labios a la luz de la luna, mirándose con amor en su pequeño espejo de mano. Mira al Be Cool y entra con aire decidido. A ver a quién se tira esta noche.

“Una sola muerte es una tragedia. Millones de muertes son estadística”
Josef Stalin
Los enemigos son los miedos con nombre propio. Más vale poner nombre a las cosas, no vaya a ser tarde. Así discurría el pope Iván Petrovich cuando vio el coche entrar en la angosta calle del mercado. Iba demasiado rápido. Portaba insignias oficiales. El poder del Zar. Llevaba todo el día preocupado por los rumores. La gente estaba descontenta con la opresión del Zar, los impuestos excesivos, los desmanes de su policía política. La guerra se cernía sobre el Imperio. En aquel rincón alejado y miserable de la pequeña Georgia, solo Dios podía brindar algo de consuelo a los pobres campesinos.
O algo peor podía suceder. Tal vez, algún día, se decía Iván Petrovich, el pope ortodoxo de aquel pueblo olvidado, un hombre se alzaría contra el Zar. Aún más cruel, despiadado y vengativo, dejaría pequeñas las cruentelas, abusos y pecados imperiales, como de juguete. La tiranía engendra tiranos, eso lo sabía el sacerdote y dos mil años de Hstoria no pueden estar equivocados. Rusia, y por ende, Georgia, eran pasto de tiranos.
Tuvo miedo. Un escalofrío le recorrió la médula espinal. El coche había cruzado el mercado fuera de sí, desbocado. El niño jugaba frente a la puerta de su pequeña iglesia. Velaba un muñeco de madera. Feliz, ignorante de lo que se le venía encima. Confiado. El pope Iván Petrovich rechinó los dientes. El motor del coche rugió como una bestia maldita e imparable. Se lanzó a la carrera, sintiendo el aliento tumefacto de la bestia. El hedor a gasoil y muerte soplándole la nuca. El niño salió disparado de un empujón y ambos cayeron rodando. Salvados. Por muy poco. La bestia ni siquiera se detuvo. Continuó su marcha envuelto en humo. Faltó muy poco.
- ¿Cómo… cómo te llamas? – preguntó mientras se levantaba, restañando la sangre del brazo.
El ruido del mercado les envolvió. Un grupo de mujeres, piadosas feligresas, se acercaron para socorrerles. El niño estaba sano y salvo. Sus ojos lloraban miedo y sorpresa. La herida del sacerdote era superficial. Un poco de agua y ungüento. La voz del niño surgió como un susurro que nadie escuchó.
- Iosif. Iosif Visarionovich Dzhughasvii.
Iván Petrovich acarició la cabeza rubia del pequeño, sonrió ante sus ojos desmesuradamente abiertos y le dio un beso en la mejilla. Las mujeres entraron en la pequeña iglesia con el pope Iván Petrovich. El héroe del pueblo aseguró que se encontraba bien. Tenía que preparar el oficio de la tarde. Pronto volvería a sus preocupaciones habituales. La tiranía del zar Alejandro, el avance de las ideas revolucionarias y su miedo, el Tirano que vendría después del tirano. Años después, el niño creció y se convirtió en un hombre fuerte. Cuando le preguntaron su nombre, alzó la voz para que todos le oyeran y fue Historia.
-Josef. Josef Stalin.

Los sueños, como las personas, solo son sueños y personas hasta que no se realizan. Siempre creí que no se podía vivir pensando en tantos y tantos miedos, que no se podía saber, ni siquiera intuir, cuál sería el futuro de cada una de sus acciones, acomplejadas por la posibilidad de morir cualquier día. Las acciones permiten que los sueños y las personas tengan sentido, al menos es lo que yo pienso.
¿Quién soy yo para decir estas cosas?. Una persona más, con una vida anodina y cotidiana como la de la mayoría de mortales. Me dedico a fregar, a limpiar la casa, a hacer la comida, a coser cuando me queda tiempo. Voy a misa y al rosario. También acudo al cementerio y limpio los nichos de mis familiares. Limpio el coche de mi marido, a veces los de mis hijos. Hago la compra, voy al banco, a correos, al ayuntamiento. En el hospital, una vez por unos, otras por otros, también paso bastante tiempo.
A casi todos los entierros acudo y casi nunca falto a las reuniones de los diferentes grupos religiosos a los que pertenezco, aunque con algunos no comulgo demasiado, sobre todo cuando se meten en política. Pero en fin, yo tengo mis creencias y a mí esas cosas no me preocupan demasiado. Sólo sé que mi padre fue republicano y para mí se trató de un hombre bueno.
Tampoco me importa que sepáis que también acudo a la peluquería algunas veces, aunque no demasiadas, como mucho una vez al mes. Pues eso, que soy una mujer como otras muchas, de las que hacen chorizos, morcillas, curan perniles y envasan tomate y pimiento para el consumo anual. Ültimamente también me ha dado por guardar en pringue las costillas y algunas tajadas de tocino que de vez en cuando a ningún cuerpo hacen daño.
Decía lo de los sueños porque tengo una amiga con la que me encuentro casi todos los días. Somos amigas desde que éramos unas crías y nos conocemos mejor que si fuéramos hermanas. Yo la quiero mucho, aunque me da coraje que haya vivido toda su vida tan sometida a su marido. Desde que se casó abandonó sus sueños. Los hijos crecieron y se fueron, sin que casi le diera tiempo a conversar con ellos, principalmente por culpa de su marido.
Yo pienso que su marido es un déspota, aunque confieso que nunca se lo he dicho. A veces me siento mal por no haberlo hecho, pero a mí nunca me ha gustado entrar en la vida de nadie, y menos en la de una amiga. Quizá yo también haya tenido miedo, el miedo a perder su amistad.
Me cuenta que tienen mucho dinero en la cartilla de crédito pero que su marido la tiene racionada, por lo que ha decidido echar horas limpiando casas para poder comprarse algún que otro caprichillo. La veo siempre que llama a sus hijas desde la cabina, porque le ha prohibido utilizar el teléfono de su casa para llamar. Pero, en fin, al menos entonces la veo feliz.
Si riega las plantas le dice que mancha la casa y que se dedique a hacer otras cosas. Si friega los cacharros le dice que no tiene ni puta idea, textualmente, de limpiar. Si se levanta algún día más tarde de las siete la llama holgazana y le recrimina que no haya salido a limpiar la calle. Cuando se mete en la cama le dice que está hecha una porquería. Haga lo que haga, siempre encuentra un pero.
La comida, para su marido, siempre es una mierda. La compra, o una birria o un despilfarro. Las salidas, siempre demasiadas. Si se queda en casa, la llama yegua de establo.
Todo esto lo sé porque me lo ha contado ella, aunque hay cosas que yo también las he visto. Lo que sí que puedo confirmar es que siempre la rechaza cuando están en público. También puedo atestiguar que, por lo general, en los actos sociales siempre acude sola y que si alguna vez voy con mi marido, ella nunca se viene.
Pero si algo me enfada de toda esta historia es que ella nunca dice nada y siempre, siempre, intenta mostrarse feliz. ¡Ya sabes como son los hombres!, concluye cuando me cuenta alguna de estas cosas.
Ella, como yo, como gran parte de las mujeres de mi generación, hemos sido educadas en que el amor es para toda la vida y que, te vaya bien o te vaya mal, en la vida hay que aguantar. Lo de morir cualquier día suele perturbar a las mujeres como yo, que intentando estar prevenidas, buscamos, ante todo, conservar la honra. De puertas para fuera siempre decimos lo que nos interesa que se sepa, pero lo que no, nos lo callamos. Por eso, a veces me planteo, acerca de esta historia que acabo de narrar, hasta qué punto habrá más detalles que mi amiga no me ha terminado de contar, por miedo, por pudor o por recelo a perder “la bendita honra” en la que estamos educadas desde pequeñas.
Yo, sinceramente, no sé si, en similares circunstancias, me separaría. Creo que no podría. Que todo el mundo me señalara y hablara de mí sería algo que no sé hasta qué punto podría soportar. Buscaría tal vez, como ella, un punto de convivencia en el que no se tocaran ciertos temas, intentando restringir las conversaciones al máximo. Me amoldaría, pero decirlo, no sé si podría.
Una vecina siempre va diciendo por ahí que su marido le pega y le propicia todo tipo de insultos. Pero todo el mundo dice que es ella la culpable, que siempre se está metiendo con él y lanzándole injurias. Cuando llora y pide refugio en alguna casa la gente lo hace discretamente, no queriendo interferir en aquel drama. Como tiene casi ochenta años y su marido está enfermo, a punto de morir, todo el mundo espera, silenciosamente, el más discreto desenlace.
Y es por eso, por ese afán de discreción, que evite mayores problemas de los presentes, por lo que mi amiga y tantas otras mujeres como mi amiga, que no conozco tan próximamente, aparcan sueños e ideales y se resignan a nunca poder ser personas libres. Es cierto, probablemente, que no nos formaron para ser mujeres independientes. Nos enseñaron a ser íntegras en orden a una serie de calificativos que había que conservar hasta la tumba. A mí, al menos, me queda el consuelo de que los sueños que heredé se los he conferido a mis hijos, para que vivan sin miedo, para que nadie les cohíba el derecho más grande que tenemos, el derecho a soñar y a luchar por hacer realidad esos sueños.



Aqueles escuro detalhes,
ponteado de esperança e de agonia,
inibiu o mais puro dos sentimentos.



Aquellas grises primaveras,
recetadas por enamorados entristecidos,
calmaban las pasiones más fraudulentas.



Les levers de soleil sourds,
chemin des promeneurs insensée,
expliquant le muet humour de la mélancolie.

Cuando la grasienta sartén
se estrelló en su cabeza,
perdió para siempre su mirada.
La razón de vivir,
de tantos y tantos años,
se desvaneció para siempre.
Adiós proyectos,
adiós sueños,
adiós ojos.

“Escancia más vino, pues un día, el jardín de los tulipanes será destruido”
Mehmet II, conquistador de Constantinopla
“Los recuerdos son la conversación más baja que se pueda tener”
Tony Soprano
Cada otoño se despierta el bramido del bosque. Las primeras lluvias riegan la manigua verde. El aire se llena de misteriosos sonidos. Los ciervos están bramando y su sonido retumba en lo más profundo del bosque. Comienza la Berrea.
A Priscilla le iba como en el verso de Quevedo. Me decía al oído, como un mosquito a la rana, mas vale morir en el vino, que vivir en el agua. Se lo bebía todo, y yo pagaba. Le gustaba el boato, los camareros amables y las dependientas solícitas. Salmón noruego y vino blanco de Sauvignon a ras de playa, trovadores de bossa nova y un espectáculo vibrante de capoeira. Yo pagaba. Lo que más adoraba, el anochecer en el Pelourinho, con una caterva de violines y un sabroso pescado de la Bahía de Todos los Santos, que en realidad era de Todos los Pecados. Yo, por supuesto,… En fin.
Solo la había fallado que era pobre. Más pobre que una rata. Un insignificante detalle para las caderas más hermosas, el busto más cimbrado y los ojos más candiles de Pará. Le fallaba ese pequeño detalle. Priscilla pensaba que el éxito era la habilidad de saltar de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Y en eso estaba, con uno de sus fracasos, cuando una noche, apareció una anciana negra y cabizbaja, portando una flor extraña. En portugués cimarrón y acanallado, el que gastan en Salvador de Bahía, la anciana nos explicó que aquella flor mágica prodigaba la belleza eterna. Priscilla la cogió entre los dedos. Yo iba a negarme enérgicamente, como si aquello fuera la gota que colmaba el vaso, pero sus ojos fueron palabras, puñales, llamas, duelo:
Lo que la vieja vende es una mentira, pero lo que yo compro es esperanza.
No se me ocurrió una metáfora mejor de nuestra relación. Saqué la billetera.
A finales de Marzo, con el desmogue, el ciervo pierde sus astas. Le empiezan a salir los nuevos brotes, que terminarán de forjarse en julio para brillar en el nuevo Otoño.
Un cuerpo turgente, mórbido, escondiéndose, jugando entre las sábanas. El hotel Maedche de la Kaisserstrasse en Frankfurt, su habitación de estudiante en Amsteradam Zuid o mi cuchitril caliente bajo el cielo nevado de Innsbruck. Todas las horas eran diferentes con Marian. Tenía el don de la magia. Los ojos centelleantes por la cerveza, la pasión que bullía en sus venas holandesas Yo le decía que eso le venía de algún bastardo del Duque de Alba y eso la encolerizaba. Discutíamos, reñíamos y amábamos. Como Ava Gardner y Frank Sinatra, Boggie y Lauren Bacall, no hay amor tan sentido como el pasional. Corta por los dos extremos.
La última noche, me tiró un televisor a la cabeza. Estábamos en nuestra romántica habitación en Pembroke Hall. Segundo piso. Dublín. Al día siguiente, nos juramos amor eterno en el aeropuerto de Rianta. No volvimos a vernos.
Cuando dos machos se encuentran en el bosque, se miran, retan y deciden si tienen posibilidades de éxito. Se acercan envalentonados y agachan la cabeza mostrando al contrario su cuerna. Las peleas suelen ser incruentas, no suelen herirse entre sí. Para los que salen con un cuerno roto, se acaban sus posibilidades de éxito, tendrán que esperar al próximo año con su nueva cornamenta. El combate termina cuando uno de los oponentes termina la lucha y se retira.
Cassandra no sabe que su hermosura duele. Cas, Cassandra, melena rubia y dramática. Zapatos de tacón vertiginosos. Rodada y suelta. Lenguaje turbio y altivo. Solo recuerdo sus ojos y esa terrible canción de Dylan, “If it keeps on raining, the levee´s gonna break”. Después una región oscura y tenebrosa. Un médico con mostacho blanco mirándome detenidamente. Dos enfermeros vestidos de azul que me bajan a “Radio”. Unos niños me miran, curiosos, al cruzar un pasillo lleno de gente en espera. Me señalan con el dedo y ríen.
Ascensor. Una gorda vestida de verde me hace dos radiografías en una sala oscura. Dice que mi pierna sobrevivirá. Vuelven los enfermeros azules por mí. Hablan y comentan sobre la rutina, el último partido del domingo, los toros. Férula y muletas, dice el médico, mesándose el mostacho. Insiste en preguntar. ¿Cómo empezó todo? ¿Puedo esforzarme en recordar?
Con Cassandra. Los Chorros del Lavadero se han secado. La parra yace caída bajo el peso de las uvas, sedientas de rama. Nuestros vástagos de vid vencidos por las avispas. Cimientos del nuevo ladrillo que rompen las viejas casas del pueblo. Las arrinconan, amedrantan, derrotan. De ese pueblo viejo pasto de los constructores, de esos pastos que ahora son urbanizaciones de lujo, de esas eras henchidas de trigo, emerge ahora la miseria del tiempo. Y la melena rubia de Cas.
Al Castillo primero, a beber en la estructura mágica del Castillo, sobre la Hoz del Júcar, improbable y misteriosa. Sus amigas están borrachas, como nosotros. Cassandra cuenta que vive con su novio en la parte antigua, de secretaria de una de esas inmobiliarias que están rompiendo los pueblos Es un heraldo bello que anuncia la destrucción. Un ángel destructor que viste falda y blusas de Prada, mientras preconiza el advenimiento de las grúas, los operarios rudos y los bloques de hormigón. Pero es tan hermosa que no puedo más que dolerme de ello y volverme un héroe. Los héroes surgen de la desesperación. Y cuando mi pueblo está invadido, destruido por las huestes del ladrillo, no puedo menos que retar a Cassandra. Y ella señala la Hoz, oscura e invencible silueta bajo el Castillo. ¿Me atrevo? Claro que me atrevo.
El abismo es hondo.
Octubre avanza y La Berrea se repite noche tras noche. Hasta que no haya machos desafiantes o se les acaben las fuerzas.
La he visto en muchos sitios y en ninguno. Primero fue una chica que conocí bebiendo en el Parque del Oeste. Venía de Valladolid, que para mí estaba tan lejos como Luang Prabang. Hablaba de teatro y se venía a estudiar cine a Madrid. La besé en el Gatuperio y me enamoré de ella. Luego, en Septiembre, vinieron nubarrones oscuros. Me rechazó. Dijo no. Perdí su pista para siempre. Borró sus huellas y se internó en el bosque.
La vi después en una esquina de Revolución comiendo garnachas en el D.F. Le pedí un cigarro en la barra del Hogans, junto al río con la cerveza más negra de Dublín. Sonreía a mi lado al volver cansado de la Gran Muralla China cuando volaba hacia Shanghai. Pescó un narval conmigo en Valparaíso y lo celebramos con pisco sour y lomo a lo pobre.
Años después, oí hablar de los doppelgänger, dobles fantasmagóricos que se aparecen. Pero yo sé que era ella, Rebeca. Muchas ellas. Y siempre, siempre he aguardado otro beso.
Madrid, 24 de Enero de 2008

El olor a incienso los mantenía inmersos en su purificación, recluidos en su ego, en el gozo de sentirse privilegiados. Aquellos “elegidos” por designios divinos rezaban y rezaban, repetían una y otra vez los mismos ritos, las estipuladas frases, que redundadas sin cesar, les provocaban la catarsis.
Afuera, en los soportales de la vieja catedral, las manos de una mujer se extendían a cada uno de aquellos feligreses que salían de su cotidiana experiencia mística. “Se acostumbran a pedir y ya nunca quieren hacer nada”, le decía una mujer a otra. “Más vale que se fuera a fregar escaleras”, refunfuñaba en voz baja un anciano entrado en años. “A eso vienen aquí estos rumanos, a mendigar y vivir del cuento”, sentenciaba un viejo sacerdote, con aires de enfado: “Aquí no se piden limosnas, o es que usted no sabe lo que hizo Jesucristo con los mercaderes del templo. Váyase de aquí señora, ya han salido todos y vamos a cerrar”. La mujer, abatida, sin una sola moneda, emprendió su ida.
Mientras, en la sacristía, dos jóvenes sacerdotes hacían recuento de los cepillos. La bandeja había sido floja pero, afortunadamente, habían sido muchas las velas encendidas, para gloria del Señor.